Toros de una Tlacotalpan recuperada

Toros de una Tlacotalpan recuperada

TOROS DE UNA #TLACOTALPAN RECUPERADA

COLUMNA SIN NOMRE / Pablo Jair Ortega Foto: Palo Jair Ortega

Humedales llenos de garzas que sienten el calor tropical. Bruma espesa. En la carretera se ve una vaca instalada en la fiaca, porque ya siente calor.

Anécdota: ¿quién iba a pensar que uno se iba a encontrar a Los Caracoles en pleno camino? Van para Chiapas, que está como a 6 horas, dice “Caballo Loco”, de pelo rojo; en 30 años nunca han faltado a una tocada, excepto en Juchitán, donde por una manifestación llegaron tarde y nunca los volvieron a contratar.

Bajan y suben las ventanas de la camioneta. Las marisquerías a los lados de las carreteras acechan con sus meseros vigilantes. Cuelgan bolsas de camarón “frejco” y hay pastelitos de jaiba, camarón y jamón.

Viera usted que rumbo a Tlacotalpan se ve harta planta, dunas y lagunas. El mar, de aquel lado donde está el Golfo, se esconde azul y verdoso; se antoja la playa para palapa, hamaca y coco. Del otro lado de la cinta de asfalto, la Laguna de Alvarado se impone celosa.

Tlacotalpan vive. No se rajó. Lo que era un pueblo hundido en las aguas del Papaloapan, hoy regresó a su magia habitual: la fiesta de la Candelaria.

Brisa que es más fresca que una cerveza, que un torito muy frío. Como explicó Cri-Cri a Ditirambo Farfulla, aquí usted nomás aspira una buena bocanada de aire, y ya tomó bálsamo refrescante, asesino de la sed.

Venir aquí, a tres meses de una histórica inundación, es venir de chismoso --usted sabe cómo somos los jarochos de curiosos-- pa' ver qué ha pasado con las casitas de colores y arcos fotografiables. Que los caminos hoy están abiertos para los paisanos, los parientes, los generosos de Alvarado y toda la flota que usted se pueda imaginar.

Este día toca el embalse de toros. Desde la mañana se oyen los cohetes y avanza la muchedumbre con su clásica camisa roja sobre el bulevar Guillermo Cházaro Lagos. Retumban lo estridente.

Por un momento pensamos que a los jaraneros se los había llevado el agua, porque no salíamos, en estruendos, de tamborazos distorsionados, eclécticos… Por un instante pensamos que era como si uno fuera a New Orleans a escuchar Lady Gaga…

¡Carajo! ¡Vine a escuchar son, no banda ni reguetón!

Antes de los animales, los voladores de Papantla hacen el espectáculo en medio de una indiferencia mezclada con admiración. Nadie coordinando para impedir el paso en la calle ante tal proeza. Los “hombres-pájaro” aterrizan tratando de evadir a los distraídos. Pasan para la “cooperacha”: caen unos cuantos centavos.

A las meras 12 sale el primer toro del agua, que traen del otro lado del río de las Mariposas. Lo sujeta una lancha por la cabeza para que no se ahogue, mientras la bestia, desesperadamente, trata de no sumergirse.

Ahí en el paso de las lanchas ya lo espera una banda de alcoholizados y otros muy temerarios. Se sabe que el toro arriba, porque la masa de gente se desplaza uniformemente, desordenados como hormigas, a ponerse a salvo del toro.

No es que uno sea aguafiestas, pero en verdad que se puede disfrutar de los toros sin tanta barbarie. Bien se puede corretear, provocarlos con azuzamientos, pero no le hallo nada de chiste arrojarle botellas, jalarle la cola; menos le veo lo divertido patearlo cuando la noble bestia se arrodilla como pidiendo perdón por existir y estar presente.

En realidad, creo que hacía tanto calor, que los mismos toros entraron al ruedo urbano con mucha pereza… Hueva, pa’ que me entienda en términos jarochos.

Se vio poca acción por las calles, quizás un poco más en el cerco escondido del circuito principal. Allá iba toda la raza para perseguir a los toros, que iban llegando poco a poco. Uno llegó con miedo al ver la cantidad de personas que se aprestaba a “divertirse”, que salió corriendo por toda la ribera para salir atrás de unos desprevenidos parroquianos que no esperaban el embiste.

Pero aún así fue de flojera el asunto. Eso sí, al calor de las “Sol” se calientan los ánimos y empiezan los trompos por allá y por acá. Los polis que andaban sobre cuacos, ni los helicópteros que se paseaban por la ciudad ni cuenta se dieron de los trompazos.

El poste de los voladores sirvió para tomarse la imagen hasta donde la temeridad lo permita.

Eso sí, agarraron a un “catarrín” que le quitaron hasta los zapatos.

Alcohol, homosexuales, mujeres de pechos grandes. Los ya grandes dicen que esto se trata de “una gran cantina”. Que esta vez no hubo tanta gente. Los toros esta vez no tuvieron ganas de celebrar.

Vamos a dar un rol por esas casas que transportan a los tiempos pasados. Todas recién pintadas; del centro hacia los alrededores, parece un pueblo fantasma. Los corredores con poca gente, que se sienta en las sombras para tomar el fresco ante un sol verdugo.

Agua, agua, agua…

A pasar por el centro otra vez, a la iglesia donde está la anfitriona y ver a toda la gente rezando, recordando que esta festividad, antes que despapaye, es una fiesta religiosa.

Ingao, hasta que encontramos son jarocho; es la plazuela de Santa Marta, donde parece un Avándaro en chiquito: laudería, soneros, decímeros, artesanos mal llamados “hippies”. Todo más tranquilo. Amor y paz. Tabaco por el momento.

El martes 1 de febrero en Tlacotalpan se desvanece para dar paso a una noche fresca, más bebida, más son jarocho. No falta el odioso reguetón. Al fin y al cabo es fiesta.